Jordi Blasi
Diseñador Industrial
06 de Septiembre de 2017

Están aquellos objetos infinitamente chicos que diría Pablo Neruda en su Oda a las cosas , como el dedal, el lápiz, el clip, el botón o un práctico abridor de botellas. Objetos anónimos que resultan bellos por el hecho de ser útiles. Objetos de los que desconocemos su autoría y que ni tan solo pensamos en que han sido diseñados, pero que nos acompañan silenciosos en nuestras tareas diarias.

Los hay también de autoría reconocida, como la aceitera Marquina: un diseño antigoteo de Rafel Marquina que da solución a un incómodo problema doméstico y que en pocos años consiguió una destacada popularidad, convirtiéndose con el paso del tiempo en un objeto imprescindible.

Diseños que van más allá de las bondades de su uso y que se convierten en aliados psicológicos para la rehabilitación de personas o inclusión de comunidades, como son La Pieza , del catalán Curro Claret o las Pet Lamps, del madrileño Álvaro Catalán de Ocón.

La prótesis para niños Iko Creative Prosthetic System , de Carlos Arturo Torres Tovar, es un extraordinario ejemplo donde la tecnología y el diseño se unen a favor del usuario, permitiendo a los niños realizar las distintas actividades cotidianas y que además puede transformarse en un fantástico juguete, utilizando las piezas de Lego.

Objetos que nos permiten, con un simple gesto, convertir un paraguas en un buen aliado que nos facilita apoyar las bolsas durante cualquier receso, como el diseñado por Naoto Fukasawa, secarnos las manos adecuadamente como los secadores Dyson Airblade, interactuar cómodamente mediante el dedo con nuestros dispositivos electrónicos o determinar el caudal de agua que vamos a usar para limpiar el inodoro. Algunos pequeños grandes objetos que son ejemplos del buen diseño.