Bernat Sanromà
Área Comunicación
26 de Marzo de 2019

Las mentes creativas son generalmente mentes sensibles. No siempre gozan de suficiente seguridad en sí mismas para reafirmarse en sus convicciones. Y eso se acentúa cuando a su alrededor pasan cosas que acrecentan sus dudas: personas con mucho talento, personas que hablan mejor, con más formación... y últimamente también gente más joven.

Pero la juventud, más allá de ser un divino tesoro, ¿es realmente algo intrínseco a la creatividad? Los que ya vamos paseando nuestras canas, ¿debemos pasar el relevo a los más jóvenes y retirarnos a algún lugar en el que no molestemos?

Echando un vistazo rápido a nuestra historia reciente, vemos cómo hay una relación muy directa entre juventud y creatividad: Quentin Tarantino rodó Reservoir Dogs con 28 años; Stephen King publicó Carrie con tan sólo 27; Springsteen grabó su primer disco a los 24... y Ferran Adrià se convirtió en el responsable de El Bulli con 22 añitos. Como dicen los jóvenes de ahora, mind blowing...

Entonces, ¿qué? ¿Ya está? ¿Ya podemos bajar la persiana y empezar a arrastrarnos por simposios y seminarios contando batallitas a cambio de algunos aplausos compasivos?

Pues sencillamente... no.

Un NO en mayúsculas por muchas razones. Pero sobre todo por estas tres:

1) La creatividad crece con experiencia. La diferencia principal entre las ideas que aparecen al inicio de nuestras carreras profesionales con respecto a las que tenemos cuando llevamos ya unos años es que éstas últimas ya nacen con una serie de propiedades que las hacen más resistentes. Puede que no salgan tantas, pero las que lo hacen son más autosuficientes. Porque, aunque parezca contradictorio, las ideas que nacen después de un proceso interno de reflexión y contraste respecto a lo que se ha vivido y ya se conoce, es decir, un proceso de racionalización, llevan en su ADN una serie de genes que las hacen inmunes a casi todo. Se abren camino solas, rompen barreras de forma espontánea. Son como caballos de Troya que llevan en su interior mucho músculo.

2) El ser creativo evoluciona. Cualquier proceso en el que interviene el factor tiempo tiende a evolucionar. De hecho éste es precisamente el concepto que se utiliza en el mundo de los vinos. Evolucionan con el tiempo. Y con los profesionales de índole creativa pasa exactamente lo mismo. El tiempo permite un crecimiento personal que tiene mucho que ver con ir superando fases, inquietudes, objetivos. Es como conseguir subir un 4.000 para ver, desde la cima, un 6.000 que asoma en el horizonte. O quizás un lago espectacular en el que aprender esquí acuático. O, simplemente, sentir que ya era eso y volver a casa para pintar la experiencia al óleo.

3) La creatividad se transmite. Una de las cosas que comparten las mentes creativas jóvenes con las no tan jóvenes es la pasión por lo que hacen. Eso sí que es algo incontestablemente indispensable para conferirte la capacidad de crear. Apasionarte por lo que haces será, sin duda, lo que te mantendrá vivo profesionalmente, aunque esa pasión se canalice de formas distintas en función de cada momento vital. Es por eso que, cuando coinciden los dos mundos, el mundo del que empieza a escuchar y el del que empieza a contar cosas, saltan chispas. Se crea una sintonía que va más allá de lo experimentado. Hay una simbiosis de espíritus que reivindican la creatividad como la herramienta para expresarnos, para encontrar nuestro propio camino. Por eso, cuando volvemos hacia atrás de nuevo, vemos cómo Adriá, Springsteen, King y todos los demás, también tuvieron referentes que les hicieron apasionarse por algo.

Por mi parte, aprovecho este artículo para agradecerle a mi profesor de Creatividad, Mariano Baños, todo lo que consiguió transmitirme y enseñarme.

 

 

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