Jordi Blasi
Diseñador Industrial
18 de Junio de 2020

La llegada del verano se celebra, desde antaño, junto al fuego; uno de los cuatro elementos con los que los seres humanos hemos tratado de dar respuesta al origen del Universo y a la existencia de la propia humanidad.

Las hogueras se convierten en protagonistas de muchas fiestas populares, algunas de ellas de origen ancestral, en las que el fuego rinde homenaje al sol. Fiestas que tienen lugar durante el solsticio de verano, cuando el sol llega a la posición más alta en el cielo y los días son más largos, pero en los que también empezará su ocaso; y las hogueras tendrán como misión, en su dimensión más simbólica, contribuir a dar fuerza al sol. Pero quizás lo más destacable de esta celebración sea el hecho de que sigue hoy en día, escapando del control de un sistema que ha domesticado por completo muchas otras festividades. Seguimos, todavía hoy, celebrando la llegada del verano en espacios públicos, articulando, a través de pequeños grupos de familiares y amigos, los elementos necesarios para su celebración.

El antropólogo Manuel Delgado nos advertía, hace unos años, sobre cómo la domesticación de estas fiestas por parte de la administración, amenazaba la continuidad de las hogueras como elemento central de su celebración. De cómo, las ordenanzas gubernamentales estaban acabando con los espacios de sociabilización, diversión y responsabilidades compartidas en los que se articula, tradicionalmente, la fiesta.

“Nada hay de intrascendente en las fiestas populares. Tras lo que puede parecer un atavismo más o menos simpático, se ocultan poderosas formas de acción social. Los ciudadanos reclaman y obtienen, en las fiestas, la hegemonía sobre el espacio público, demostrándole a los políticos, los arquitectos y los diseñadores, lo iluso del control que creen ejercer sobre él”.

El artículo es también un alegato a favor de los niños y de su autonomía: “Ya no hay niños que recojan madera, la oculten y la prendan en el momento dado, en el sitio de siempre, antes de que las autoridades hayan tenido tiempo de impedirlo. La imagen de las pandillas de rapaces de 8 a 14 años, que organizaban una auténtica sociedad paralela en la calle, se ha extinguido casi como consecuencia de una alarmante pérdida de autonomía infantil”.

En el artículo, Manuel Delgado confronta ciudadanos con políticos, arquitectos y diseñadores, y lo hace, entendiendo a estos últimos como meros siervos de un sistema que controla y domina. Un sistema que convierte a los ciudadanos en usuarios, a las personas en consumidores. ¡Y, probablemente, no le falte razón!

Arquitectos y diseñadores, tenemos por misión articular, a través del ejercicio de nuestra profesión, espacios y objetos en relación con las personas. Somos, por ello, responsables, en buena medida, de dar forma al mundo. Y, aunque demasiado a menudo orbitamos en torno a los círculos de poder, de quienes controlan la producción y comercialización de los bienes de consumo, no deberíamos olvidar nunca la responsabilidad social que tenemos como arquitectos y diseñadores, con nuestra sociedad.

Nuestra profesión contribuye a configurar el mundo que habitamos, los espacios en los que residimos o en los que socializamos, y los objetos que usamos y con quienes convivimos. Y, a veces también, a través de los mismos, proyectando nuestros deseos, dudas o ambiciones. Como arquitectos y diseñadores, tenemos una enorme influencia en la determinación de aquellos artefactos a partir de los cuales articularemos el mundo e imaginaremos el futuro.

Por ello, no deberíamos nunca limitarnos a ser meros técnicos de la función o gestores de las emociones, para intentar vender más. Haciéndolo, nos convertimos en simples herramientas para la monitorización de las personas, que pasan de ser individuos a consumidores; sujetos pasivos de un sistema de control.

Como arquitectos y diseñadores, debemos reivindicar nuestra vocación más humanista. Rescatar al diseño de la excesiva influencia de las escuelas de negocios, y acercarnos a la filosofía, a la antropología y a la sociología, verdaderas herramientas que nos permitirán formarnos adecuadamente y poder diseñar mejor. Contribuiremos con ello a la transformación de nuestras sociedades, que deberán articularse siempre cediendo el control a las personas, sujetos libres y autónomos, junto con quienes construiremos un mundo mejor.
Solo así, conseguiremos salvar las últimas hogueras. Fiestas ancestrales, de origen pagano, en las que a través del fuego, los seres humanos damos fuerza al sol, ralentizando así su ocaso.

Correfoc del Poblenou, Barcelona por Antonio Lajusticia Bueno.