Óscar Guayabero
Área de Gráfico y Web
10 de Abril de 2019

La historia de Corita Kent es tan curiosa que sorprende que no se haya llevado a la gran pantalla. Nació en el seno de una familia católica de Los Ángeles y a pesar de mostrar cierto interés por el arte, ingresó en un convento a los 18 años. Además de un convento, el recinto incluía una escuela privada y una universidad donde se enseñaban todo tipo de materias. Es en ese contexto universitario donde empieza a desarrollar su lenguaje visual y gráfico.

 

Eso no dejaría de ser un exotismo si no fuera porque las temáticas que Kent trata en sus obras son políticas, sociales e incluso de reflexión sobre la religión. En sus inicios pasó la mayor parte del tiempo enseñando arte en la universidad. A pesar de que era un centro más que tradicional, Kent mantuvo un punto de vista avanzado para la época. De hecho, instaló talleres de impresión, serigrafía, etc y enseñó a sus estudiantes a generar imágenes influida por el Pop Art. Concretamente, en su trabajo destaca el uso de la tipografía como elemento. Tomando la gráfica popular crea un imaginario colorista, muy vinculado al trabajo de coetáneos como Andy Warhol o Roy Lichtenstein.

 

 

Después de algunos desencuentros con la orden, en 1868 abandona el convento y se mudó a vivir a Boston. Su trabajo artístico lo desarrolló principalmente con la técnica serigráfica, con el objetivo de poder imprimir sus obras. Quería democratizar el arte y hacerlo asequible para las masas. A pesar de que su trabajo influyó a personajes como Alfred Hitchcock, John Cage, Saul Bass, Buckminster Fuller, la pareja Charles y Ray Eames y el historiador del arte Dr. Alois Schardt. A pesar de ello, fue ignorada por la historia oficial del arte del siglo XX, probablemente por ser una artista mujer y monja. Los teóricos no incluyeron su trabajo en ninguna corriente artística "canon", pero en los últimos años de su vida hubo un resurgimiento de la atención dada a Kent. Sus obras de arte, con sus mensajes de amor y paz, se hicieron populares durante el movimiento Pop de los años 1960s y 1970s.

 

Aunque murió a los 67 años, tuvo una producción prolífica y sus piezas tipográficas han ido cobrando importancia a medida que pasaban los años. Sus obras se conservan en los principales museos de su país como en Nueva York en el Metropolitan Museum of Art, MET. En el MOMA y el Whitney de NY, el Museo de Bellas Artes de Boston, y en Los Angeles California, en LACMA y el Hammer Museum. Hoy ya casi nadie discute el valor de su trabajo y su influencia tanto en el arte como en el diseño.