Óscar Guayabero
Área de Gráfico y Web
03 de Abril de 2019

Desde hace tiempo se habla de los bots, las cuentas falsas o los seguidores ficticios. Ahora parece que hay un método que si bien no es nuevo, si que está causando cierto revuelo en estos últimos meses. Se trata de las granjas de clicks. El funcionamiento es bastante rudimentario pero efectivo. Ristras de móviles conectados que aumentan los likes, las reseñas positivas o los folowers a golpe de talonario.

En mayo del 2017, un vídeo mostraba cómo era por dentro una click farm. En él aparecían cientos de móviles funcionando solos, que cambiaban entre pantallas rápidamente y que parecían estar sincronizados. Los teléfonos estaban conectados a un ordenador que les decía qué canción reproducir en Spotify, a qué página darle like o qué valoración de una app subir. El vídeo se viralizó en lasredes sociales. Pero nada sucedió.

 

 

La mayoría de click farms se sitúan en países como India, Indonesia, China, Filipinas, Irak o Bangladesh, entre otros y, aunque depende del tamaño, no suelen tener más de ocho o diez trabajadores. Cada uno de ellos tiene un ordenador desde el que crean gente de la nada: primero generan un perfil a través de esta web, después abren una cuenta de correo con ese nombre, cogen una foto de un banco de imágenes y vinculan una tarjeta SIM con estos datos. La tarjeta es necesaria para saltar un paso inevitable a la hora de crear una cuenta en cualquier red social: la verificación del usuario a través del teléfono móvil.

Estas granjas funcionan bajo demanda. Haciendo una búsqueda en Internet, veremos cientos de páginas que ofertan la compra de seguidores en Twitter e Instagram o de likes en Facebook. Por unos 55 euros se pueden obtener 10.000 suscriptores en Instagram y por 70 euros 2.500 'Me gusta' para nuestra página de Facebook.

 

 

Bueno, era de esperar que alguien inventara algo parecido. Ya hace año se habló de las Golden Farms. Factorías enormes donde centenares de jugadores ganan puntos, poderes o extras para juegos que luego se venden en el mercado negro para jugadores con poca paciencia y dinero suficiente. Es de suponer que una legislación internacional debería impedir estas prácticas pero todo es demasiado nuevo para una justicia demasiado lenta. No deja de ser otra forma de explotación laboral de una economía globalizada.

Ante esa situación la apuesta para aquellos que usamos las redes para nuestro desarrollo profesional y que no tenemos una cuenta corriente que nos permita simular que somos “populares” es, sin duda, la reputación digital. A veces se confunde fama y prestigio. La fama se puede comprar, el prestigio no. Si nuestras publicaciones sonde calidad, si somos constantes en no caer en el post fácil, el chiste de mal gusto o la foto de instagramer adolescente, nuestros likes quizás no se contarán por millones pero serán de calidad, o bien de potenciales usuarios  de nuestros servicios bien de posibles colaboradores. Y eso no se consigue “comprando” seguidores. Mi experiencia me dice que la generosidad en la red se ve recompensada, si tú ofreces contenidos útiles o interesantes para aquel público al que te diriges este responderá. Al final nuestro objetivo en la red no es ser trending topic sino “pescar” trabajo.