Óscar Guayabero
Área de Gráfico y Web
22 de Marzo de 2018

Vaya por delante que las fronteras disciplinares me parecen absurdas. En el año 2003 comisarié un par de exposiciones llamadas Cruzados y Gráficas ocultas y ya entonces apostaba por la transversalidad (ese palabro ahora tan manido) y por la indisciplina como método. Recibí numerosas críticas por mí mirada transdisciplinar, sigo creyendo en esa idea. Así que mi texto no pretende ser ni proteccionista ni gremialista.

Dicho esto, vamos al tema. Un logotipo es una de las piezas de comunicación gráfica más complejas que existen. Pese a su aparente sencillez tiene la colosal tarea de identificar una entidad, acontecimiento, institución o iniciativa. Tiene que ser capaz con muy pocos elementos de transmitir los valores primordiales de aquello a lo que representa. Además es de las piezas más complejas de sintetizar gráficamente ya que suele ir aplicada en soportes muy distintos, tanto en escala como en uso. Pero al final el resultado es una mezcla de icono, escudo, símbolo e imagotipo, donde forma, color y tipografía han de formar un todo coherente y compacto. Y eso sin entrar en discusiones sobre las marcas mutantes, líquidas, etc.

Muchos clientes creen que simplemente es una manchita, más o menos resultona. De ahí que a menudo no se le dé la importancia necesaria. Por otro lado, los Artistas Visuales gozan de un prestigio social muy superior a los diseñadores. Sobre todo si hablamos de profesionales reconocidos. La razón es simple, su trabajo (piezas de arte, sea cual sea el formato) se suele vender por precios infinitamente más caros que los del diseño y salen en la prensa. Así que algunos creen que vincular un nombre “famoso” a su imagen les reportará un prestigio y una “glamour” que no tienen los diseñadores.

La suma de esos factores ha dado algunos de los logotipos más grotescos e ineficaces que uno pueda imaginar. Cuando la cosa sale medio bien, acaba siendo un minicuadro reconocible que representa más al autor que al cliente. En los peores, los artefactos gráficos resultantes suelen explotar en las manos del cliente. Así ha sido, recientemente, con logotipos hechos por el artista Miquel Barceló para la Universitat de Balears, aunque también había pasado casi lo mismo con la Universidad de Salamanca. Ejemplos fallidos hay infinidad. Aquellas veces en que mejor ha funcionado, ha sido cuando un diseñador gráfico ha trabajado junto con el artista gráfico, para ordenar los elementos gráficos, aplicar la síntesis visual y sobre todo, introducir la tipografía de forma adecuada. Así como un video amateur suele fallar más en el sonido que en la imagen, un logo de artista suele pecar de un uso nefasto de la tipografía. Obviamente, hay excepciones, pero, lamentablemente, son las menos. Eso no quiere decir que no haya logos hechos por diseñadores que no sean disfuncionales y inadecuados, como también hay obras artísticas de baja calidad hecha por artistas.

Os muestro en imágenes algunos ejemplos y que cada uno saque sus conclusiones:

1.- Logos de la presidencia Española del Parlamento Europeo. Antoni Tapies (1989), Josep Ma Mir (1995), Pepe Gimeno (2002).

 

2.- Logo de la entidad cultural Casa Asia, Fedredic Amat, artista y Cla-se, estudio de diseño. (2001)

 

3.- Logos de Miquel Barceló para las universidades de Baleares y Salamanca (2018)

 

4.- Logo para Chupa-Chups. Salvador Dalí. (1969)

 

5.- Logo Universidad País Vasco. Eduardo Chillida + estudio gráfico desconocido. Se habla de él en la web de la Universidad pero no se dice quien fue. (1981)

 

6. -Logo de La Caixa, Landor Associates a partir de una obra de Joan Miró. (1979)

 

7.- Logo para el Patronato de  Turismo de Lanzarote. Cesar Manrique (2006)