Óscar Guayabero
Área de Gráfico y Web
05 de Julio de 2019

 

La exposición central del Año Brossa, “La xarxa al bosc. Joan Brossa i la poesia experimental, 1946-1980”, consiste, básicamente, en un breve panorama de la poesía experimental de los años cincuenta a los ochenta, aunque hay piezas anteriores.

La clave es mostrar a Brossa en una red de conexiones, tanto personales como formales o conceptuales con un panorama internacional mucho mayor. Y el resultado es exuberante, denso, rico y fascinante.

En la segunda mitad del siglo XX la poesía se expandió en todos los ámbitos creativos para acabar conquistando los dominios de la imagen y el sonido bajo la bandera de la libertad. Sin lugar a duda, Brossa fue uno de los autores que mejor representa esta explosión de creatividad, pero su legado no se puede entender sin el resto de los artistas que hicieron de la poesía experimental un arte imprescindible, donde la gráfica tuvo mucha importancia.

El recorrido, aunque no está marcado, se inicia con el Letrismo. Tiene bastante sentido, si tenemos en cuenta que fueron unos de los primeros en trabajar las letras/palabras más allá de su significado obvio. Su forma, su sonido, podían ser material de trabajo para generar obras. El letrismo era originalmente una respuesta a lo que sus adeptos interpretaban como el exceso de control del surrealismo por parte de André Breton, y también un intento de hacer una poesía más popular. Los letristas trabajaban en diversas formas artísticas, incluyendo el sonido y las artes gráficas en las que siempre se encontraba la presencia de las letras. Del Letrismo de Isidore Isou vendría la Internacional Letrista y de ahí el Situacionismo de Guy Debord y toda su influencia dentro de mayo del 68. Pero en cuanto a la exposición, el recorrido sigue por el Ultra-letrismo sonoro, y Henri Chopin con su revista OU. De hecho, las revistas están muy presentes en la exposición. Las hay absolutamente deliciosas como la Futura Hansjörg Mayer. Esta publicación se hacía en formato cartel plegable y cada número estaba realizado por un autor diferente. La única condición era que se hiciera con una sola tipografía, la Futura de Paul Renner diseñada en 1927 en Alemania, muy influenciada por la Escuela Bauhaus.

 

 

Si nos atenemos a las tipografías presentes podríamos definir esta exposición como «moderna» en relación con el movimiento moderno. Este movimiento arranca con la aparición de la Akzident Grotesk de Hans Hoffmann al 1898. Era una derivación de la tipografía Royal Grotesk que encargó la Real Academia Prusiana de las Ciencias. La necesidad de un nuevo lenguaje que expresase exactitud, verdad, ciencia, creó una nueva familia tipográfica (las letras de palo seco o Sans Serif) lejos de las letras góticas o romanas, propias del pasado. Habíamos entrado en la modernidad, aunque faltaran años para que fuera evidente.

La exposición está llena de tipografías «modernas» como: la Helvetica de Max Miedinger, creada en Suiza en 1963; La Futura, tal como hemos dicho; la Univers de Adrian Frutiger creada en 1957 en Francia. En publicaciones hechas aquí, aparece a menudo la Venus de la Fundición Bauer creada en 1907 en Alemania y muy usada en España porque Bauer tenía una buena distribución.

Es curioso ver cómo el grueso de la exposición, que corresponde a la Poesía Concreta, se expresa en el lenguaje de la modernidad, propia de la Bauhaus, el Diseño Suizo y la Escuela de Ulm. Quizás porque ambos movimientos comparten valores como la representación de ideas abstractas, en una nueva realidad de carácter universal. Hay una preocupación por la expresión plástica basada principalmente en la línea y la superficie, el uso de elementos geométricos sencillos (círculos, cuadrados, triángulos) y creación de tensiones con las diagonales. La Poesía Concreta creaba composiciones geométricas, formando estructuras que recuerdan construcciones o arquitecturas, justamente, uno de los rasgos del diseño «moderno». Incluso, creaba efectos cromáticos de espacio y vibración plástica que recuerdan el arte cinético tanto propio de la Escuela de Ulm.

 

 

La propia imagen de la exposición, obra del estudio Todojunto, es una muestra de cómo la poesía concreta está presente en la actualidad en el diseño gráfico, tanto aquí como en el panorama internacional.

Hay que mencionar, también, el papel de la imprenta en este bosque de poesía experimental. Hay piezas hechas con tipos móviles de madera o de plomo donde se intuye lo que llamamos gráfica de imprenta. Esta gráfica utiliza la imprenta como un laboratorio y comienza con las vanguardias: Constructivismo, De Stijl, Dato, Futurismo, etc. Y es una constante a lo largo del siglo XX en muchas expresiones del arte. Hasta que llega el fotolito y el Offset en los 50 y luego el Letraset.

Sintomáticamente, la exposición termina justo cuando empieza el boom de la fotocopiadora como herramienta creativa y de producción. Las revistas dejaron paso a los Fanzines. Así pues, tenemos obra impresa pero no fotocopiada. Otro signo de la «modernidad» estética de la propuesta que no encajaría con fenómenos como el punk, aunque en muchas piezas se respira una actitud pre-punk muy sugerente.

La exposición La xarxa al bosc. Joan Brossa i la poesia experimental 1946-1980 se puede visitar en la Fundació Joan Brossa, de Barcelona, hasta el 17 de noviembre.